Romper con la rutina en Extremadura

escapada fin de semana extremadura
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¡Hello! ¿Qué tal? La verdad es que me hubiera gustado haber escrito este post al día o dos de volver de Extremadura, pero nada, que me ha sido imposible. También es verdad que yo soy muy especialita a la hora de redactar y necesito unas condiciones muy particulares, jaajaja. Pero bueno, afortunadamente escribí cada recuerdo y cada historia en un sobre de papel y todavía ando bastante bien de memoria por lo que puedo contaros cómo fue todo con bastante precisión. 

El caso es que hace un par de fin de semanas canjeamos una de estas caja que nos autoregalamos las Navidades pasadas: los dos estábamos agobiados con tanto Madrid, tanta rutina y tanto corre corre. Buscamos dentro del catálogo de alojamientos un sitio relativamente cerca pero que, a ser posible, se alejase de nuestra realidad diaria: poca gente, poco ruido y algo más de calma. Vaya si lo encontramos. Decidimos pasar el fin de semana en Navalvillar de Pela, un pueblo de la provincia de Badajoz, al lado del embalse de Orellana. Las fotos que veis a continuación pertenecen a la casa de Paquina y su marido, en la zona más tranquila de pueblo. Oficialmente su casa se llama Casa Rural la Lozona, una posada con encanto especial: allí no encontrarás una mota de polvo y te garantizo que tomarás un desayuno que ni el mejor de los buffets. Cada mañana, Paquina sirve un desayuno diferente: cambian los embutidos, los quesos o la mermelada casera con la que es mucho más fácil empezar el día con buen pie. Sin duda, un lugar donde alojarse súper recomendable y diferente a lo que estoy acostumbrada. 

Pero bueno, vayamos en orden. Después de un viernes de nueve a tres en la oficina, el atasco típico del fin de semana en Madrid y unos cuantos kilómetros de carretera, llegamos a Navalvillar de Pela, a casa de Paquina. Debían ser las siete y media u ocho, ya no había luz y no parecía haber timbre alguno, por lo que decidí, en lugar de comprobar si la puerta estaba abierta, aporrear la aldaba (la típica manita de hierro que hay en las puertas antiguas) con la consecuente llegada de Paquina entre risas y exclamando que no había necesidad de utilizar aquello, que podíamos entrar con total tranquilidad. En fin, cosas de pueblerina de ciudad. El caso es que entramos a casa de Paquina y no sé cómo describir el olor a hogar que se respiraba allí dentro: olor a cocina, a aire puro, olor a cosas de toda la vida. Paquina nos enseñó nuestra habitación, nos pusimos cómodos y bajamos a la zona más comercial (una calle) del pueblo. Comenzó a diluviar como no lo había hecho en los últimos cinco meses en Extremadura y, entre refugio y refugio fuimos estudiando cada uno de los locales junto con la inestimable ayuda de las reseñas de Google. Todos los bares estaban desiertos y, para seros sinceros, no invitaban a entrar en absoluto. Decidimos mojarnos, volver a subir toda la cuesta que llevaba hasta la posada, coger el coche e ir al único restaurante que tenía buena puntuación en Google: el Asador Alalba. Allí nos recibieron con los brazos abiertos, fuimos los únicos clientes de la noche y, sin duda, nos robaron el corazón con amabilidad y una sopa de cocido que ni el mejor de las estrellas michelín. Cenamos como reyes, a un precio más que decente y conocimos la historia de una familia madrileña que había decidido dejar la capital, probar suerte con el negocio del Asador y con una capacidad de esfuerzo y sacrificio tremendamente inspiradora. 

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El sábado nos levantamos con tranquilidad y mucha calma. El desayuno de Paquina auguraba sin duda un día perfecto: tostadas crujientes, mermelada de melocotón casera, galletas también caseras y un queso espectacular, nos proporcionaron la energía necesaria para ponernos a patear y explorar. Decidimos visitar la zona del embalse de Orellana, no sin antes perdernos (sin ninguna intención) por unos cuantos pueblos –cabe destacar Orellana la Vieja -  y alguna que otra carretera desértica. Supongo que por la época del año en la que fuimos, prácticamente todo era para nosotros: visitamos el embalse como si no hubiese nadie más en el planeta y tuviésemos todo el tiempo del mundo para gastar allí. Y, ¡qué bien sienta! Parar, darse cuenta de que no necesitamos mucho para sentirnos bien, que en la vida no todo es cumplir con objetivos y horarios y que somos muy muy pequeños. 

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Cogimos el coche y empezamos a conducir en otra de esas muchas carreteras desérticas en las que se cruzan bandadas de pájaros, casas abandonadas y horizontes infinitos en cada uno de los lados que separa el asfalto. Por recomendación vuestra, fuimos a Medellín. Cruzamos el puente, visitamos la zona antigua y subimos a lo alto del castillo para regalarnos unas vistas de las que nunca una fotografía hará justicia. Fuimos a comer al restaurante Quinto Cecilio, que más que por la comida (que también), bien merecía una visita por sus vistas. Además, el lugar, la decoración y los camareros me transportaron a cuando era pequeña y las mesas se ponían con varios manteles, las sillas estaban tapizadas y a ese "je ne sais quoi" de restaurante español que cada vez está más extinto en la capital. 

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Después de Medellín, fuimos (también por recomendación vuestra) a Magacela. Impresionantes las vistas subiendo a la zona del castillo. Por suerte, vimos atardecer desde arriba (aunque no tan arriba porque me he dado cuenta del vértigo que tengo y lo mucho que me cuesta subir montañitas). No era tarde, pero ya no había luz, por lo que no pudimos ver bien bien todo lo que nos hubiera gustado. Visitamos el dolmen de Magacela y conocimos a lugareños que nos hablaron con pasión de los bares y planes que deparaban los diferentes pueblos y rincones de la zona. Si os soy sincera, son estas interacciones, estos encuentros fortuitos con personas que no conozco, los que me inspiran, me llenan de energía y me hacen sonreír en lo más profundo.

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De vuelta a Madrid, paramos en Trujillo (de nuevo, recomendación vuestra). Qué pueblo TAN bonito. Nos perdimos por sus calles con olor a queso y perrunillas y, por suerte, el cielo nos regaló un día de esos que, en palabras de Instagram, se describiría como un día #nofilter. Nosotros comimos en uno de los restaurantes de la plaza principal (con reserva), pero, salvo las migas, no destacaría que fuese especialmente bueno y como es de esperar por su localización, el precio era algo elevado. Así que después de un buen paseo y una buena compra de quesos (imprescindible si os gusta el queso y vais por allí), pusimos rumbo a Madrid.

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Sin duda, estas escapadas son imprescindibles: sirven para darnos cuenta de lo afortunados que somos de estar vivos, de tener la oportunidad de conocer a gente, aprender de sus historias y disfrutar de todo lo que nos ofrece la vida. Nos sirven para comprobar que muchas de nuestras preocupaciones y agobios diarios no son, realmente tan importantes y que, en muchos casos, tenemos la absoluta capacidad de cambiarlos. En definitiva, nos recuerda que aún nos queda mucho que explorar, que el tiempo existe más allá de nuestros horarios frenéticos y, que hay infinitas maneras de ver y vivir la vida. 

Y hasta aquí el post de hoy y el resumen de nuestra escapada. Como siempre, quiero agradecer millones cada una de las recomendaciones que nos distéis: nos construimos el viaje sin consultar a Google y nos dejamos llevar por vuestros chivatazos. Así que, gracias. Espero que os haya gustado el post y que me contéis cuál fue vuestra última escapada en los comentarios. Un besote gigante. Nos leemos pronto.